Abel Korzeniowski ‎– A Single Man (Original Motion Picture Soundtrack)

Label:
Relativity Music Group ‎– RMG1006-1
Format:
CD
Country:
Released:
Genre:
Style:

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1 Abel Korzeniowski Stillness Of The Mind 3:54
2 Abel Korzeniowski Drowning 1:48
3 Abel Korzeniowski Snow 1:15
4 Abel Korzeniowski Becoming George 3:51
5 Shigeru Umebayashi George's Waltz 1:40
6 Abel Korzeniowski Daydreams 2:16
7 Abel Korzeniowski Mescaline 3:10
8 Abel Korzeniowski Going Somewhere 1:59
9 Shigeru Umebayashi (Variation On) Scotty Tails Madeleine
Written By – Bernard Herrmann
1:52
10 Shigeru Umebayashi Carlos
Written By – Bernard Herrmann
1:01
11 Miriam Gauci La Wally, Act I: Ebben? / Ne Andro Lontana 3:29
12 Etta James Stormy Weather 3:10
13 Booker T. & The MG's* Green Onions 2:54
14 Jo Stafford Blue Moon 4:39
15 Abel Korzeniowski Swimming 1:39
16 Abel Korzeniowski And Just Like That 4:53
17 Shigeru Umebayashi George's Waltz 3:18
18 Abel Korzeniowski Sunset 2:59
19 Abel Korzeniowski Clock Tick 2:06

Companies, etc.

Credits

Notes

Printed in the U.S.A.

Barcode and Other Identifiers

  • Barcode: 8 54727 00203 4
  • Matrix / Runout: Z85107 4 RMS2 700203-2 01
  • Mastering SID Code: ifpi L909
  • Mastering SID Code: IFPI L909
  • Mould SID Code: IFPI 2U8J

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john_andy

john_andy

November 16, 2011

'“Unas cuantas veces en mi vida he experimentado momentos de una claridad meridiana en los que , durante unos breves segundos, el silencio ahoga el ruido y puedo sentir en lugar de pensar. Y todo parece muy definido y, el mundo claro y fresco, como si todo acabara de nacer. Es imposible hacer que esos momentos duren. Yo me aferro a ellos; después se desvanecen, como todo. He vivido mi vida en esos momentos, ellos me transportan de nuevo al presente, y entonces me doy cuenta que todo es justo como tiene que ser” - George.
ALBA

A Single Man es la adaptación cinematográfica de la novela homónima escrita por Christopher Isherwood en 1964. Rodada en el 2009, la película supuso el debut como director del afamado modista Tom Ford, que contó con el inestimable talento de Colin Firth, la camaleónica Julianne Moore y el prometedor Matthew Goode para tejer una historia de amor a la vieja usanza, un drama existencial y una elegía al corazón.

George, el protagonista del film, es un respetado profesor de universidad inglés que se enfrenta a la desidia de una vida más allá del amor, condenado a la soledad y a la nostalgia tras la muerte de su pareja. Durante el transcurso de un solo día, George se enfrenta al péndulo inexpugnable de sus emociones, a la desazón y la esperanza, el nervio y la pausa, la promesa de un mañana y la convicción de un presente putrefacto en sus ayeres. Una historia de piel dolida y de lágrimas incontenibles.

A diferencia de en la mayoría de las producciones actuales, el papel de la música en este film es de acuciada importancia. No es una mera pose, un rubor falso en la mejilla pálida, un rizo elaborado. Por contra, actúa como auténtico catalizador de emociones, cargándose del dolor del protagonista e inundando al espectador, sometiéndolo a la proclama de su calvario, a su pena. La banda sonora, nominada a un Globo de Oro como mejor banda sonora original en el 2009, es una orgía de violines contrahechos, cellos de carraspera tartamuda y ojos hinchados, pianos exacerbados en su lánguida desidia, soliloquios, crescendos y melodías anhelantes. Y no podría ser de otro modo, rubricada como está por dos grandes maestros del desconsuelo musical: Shigeru Umebayashi y Abel Korzeniowski.

El primero es uno de los músicos más lúcidos e irremediablemente enardecidos que recuerdo, sempiterno compositor de los grandes dramas del cine asiático. De su febril paleta han brotado las exquisitamente coloreadas bandas sonoras de películas como In the Mood for Love (Wong Kar-wai, 2000) o House of Flying Daggers (Zhang Yimou, 2004). Su presencia en este libreto es discreta, apenas firmando cuatro de las diecinueve canciones que componen la banda sonora, y, sin embargo, su ímpetu salvaje, la pesadumbre con la que viste sus melodías es el leitmotiv de la obra. El segundo es una de las figuras más halagüeñas del panorama musical internacional. De factura exquisita, el compositor polaco ha demostrado una querencia admirable por el cine y el teatro patrios, si bien no desprecia la posibilidad de acicalar pequeñas joyas del cine independiente como Terra o Tickling Leo.

De esta pugna entre colosos de la armonía nace la banda sonora de A Single Man, uno de los álbumes más inquietantes, compungidos, trémulos y funestamente bellos que conozco.

He aquí su poesía:

TARDE

Stillness of the Mind – De profunda tristeza y conmovedora pasión, esta composición posee un nervio verdaderamente emotivo. Hay una suerte de desgarradora verdad en la melodía, una aceptación dolorosa, insoportable, catártica. Probablemente porque A Single Man es una oda a la realización, a la comprensión, y finalmente, a la resignación, Stillness of the Mind está embebida de una pesadez emocional abrumadora. Las cuerdas suenan afiladísimas por momentos, amenazantes en su fragilidad, febriles y acongojadas, para luego perderse entre los pliegues de un vals elocuente y dulce. Una de mis piezas favoritas.

Drowning – El soliloquio del arpa da paso a una elucubración, un juego de sombras y miradas de soslayo, de tules bajo el terciopelo y resquemores. Nos sumergimos en un universo empolvado, de tonos pastel y perfume a almizcle, pero hay una sonrisa tenebrosa, un rubor malsano en la mejilla de nuestra dama impía. Quizá sea la promesa de un guiño traicionero, tal vez la ahogada audacia de la flauta que tirita en los últimos compases, pero la melodía sabe a demencia y zozobra bajo los pilares, a carcoma en los muebles dorados y arrugas en la piel intacta.

Snow – Un apremio indudable y un pálpito urgente, la yuxtaposición entre dos orillas irreconciliables, la una paliada y sumisa, la otra encallada en su orgullo y la rabia. Una nevada liviana sobre la tempestad. Recorre como un trueno toda la banda sonora una sensación de emergencia y prisa, acaso una extensión del sentimiento en el alma del protagonista de la historia, enfrentado a su propia mortalidad, a la fugacidad de su tiempo y la frugalidad de la felicidad. El súbito colapso de la última nota es un poema a lo efímero.

Becoming George – Ineludiblemente tierna, casi infantil en la simplicidad de su naturaleza, Becoming George posee una belleza lánguida que huele a mañanas algodonadas y a un sol tibio y cariñoso. Podría entonarse la cantinela del cinismo al contemplar el papel que George desempeña en una sociedad encorsetada y anémica, y, sin embargo, la cadencia de la melodía al piano gira el filtro de nuestra mirada y nos ablanda el ánimo y el prejuicio. Esta pieza sabe a un amor prístino e ingenuo, el amor de los que sólo saben amor.

George's Waltz – La primera de las contribuciones de Shigeru Umebayashi, he aquí un vals borracho y doliente, demasiado ebrio como para no llorar, demasiado herido como para mostrarlo. La narcótica dulzura que el genio japonés consigue bosquejar en sus melodías reluce aquí sin artilugio ni pompa, con una melancolía tan honesta que duele en el pecho y en la sonrisa. Las cuerdas se entrelazan y curvan, persiguen y rizan sin enredarse, siempre sutiles, siempre elegantes, en una danza afligida y perfecta.

Daydreaming – La carga emocional de este corte es inenarrable. Hay algo estremecedor, lacerante, pérfido y soterrado, el peso de las penas que se guardan a la espalda y nunca se pierden de vista. Pero, del mismo modo, hay una euforia irrefrenable, el desquiciado cabalgar de un corazón tocado por un nuevo amor, nervioso y exuberante. Como asomarse por entre los quistes desmembrados de la ventana del dolor a la coloreada primavera de la alegría, y sentir su brisa aflautada, su soleada esperanza. Daydreaming consigue conmoverme más allá de toda lógica, allende la explicación. Está en mi alma y en mis venas.

Mescaline – Escuálida en su desnudez y tímida a primera vista, la melodía se ofusca y ensancha con cada segundo, como una pureza de opio candente que se enturbia y enfría hasta desvelar bestias a medio domesticar y demonios de cuernos romos. Hay un eco equidistante entre el piano y los violines, voces que hablan y se responden a sí mismas, luces que alimentan la sombra y noches que se atragantan de días. Un sueño de paces inmundas y un solaz de temblor en las manos.

Going Somewhere – Going Somewhere recoge el testigo de su predecesora, hasta el punto de dibujarse como un opuesto idéntico, el perfil contrario de una misma cara. Roto por la misma tensión y medroso en notas exactas, este corte es aún más demente e insistente, terco en su aflicción y su miedo. Es imposible discernir dónde empieza la sazón y dónde acaba el hambre, casi tanto como delimitar la senda del dolor de aquella de la alegría.

A Variation on Scotty Tails Madeleine – Evocativa y transida de una melancolía sin nombre, Umebayashi consigue pintar florituras apocadas en un universo de inerme soledad. Hay una cadencia redundante en los acordes, en la laxitud con la que la cuerda se entretiene aquí y allá, ensimismada, mohína. El silencio como nota musical. Es imposible no asociar la melodía al tormento pausado que vive el protagonista. Una hecatombe a cámara lenta. Un marea de segundos eternos.

Carlos – Y Carlos interrumpe con su urgencia incontenible, su coloreada fastuosidad, como queriendo elevar su nervio tartamudo sobre las llanuras en calma. Apenas un minuto de impetuosidad, irrefrenable lascivia y temor. Estructurado de un modo cíclico, regular en sus prisas, en este corte los violines se sacuden la desidia y se irritan como gatos ante el agua. Carlos es una amenaza y una tentación en la vida de George, la rendición de sus aflicciones, su derrota. Un ahora o nunca, un aquí o en ningún sitio. Y esta pieza se emborracha de esa incontinencia, esa premura de relojes acelerados. Umebayashi jugando con el corazón de sus oyentes.

La Wally – La aria más famosa de esta ópera, Ebben? Ne andró lontana, suena excelsa en la voz de la soprano maltesa Miriam Gauci, tan dramática, tan desesperada. Su uso en este libreto es tan significativo como apropiado: George tomando una decisión terrible y valiente a la vez, como aquella que tomara la protagonista de La Wally al abandonar su hogar. Hay una belleza profundamente triste en esta composición de finales del siglo XIX, un cariz nostálgico y desconcertante.

Stormy Weather – Una de las grandes canciones del jazz más añejo y genuino; escrita en 1933, Stormy Weather es un quejido de mansa agonía, y en la garganta de Etta James suena cautivadora y contagiosa. Tiene una cadencia borracha, un vaivén que embriaga al oyente y lo embelesa. Los violines se desnudan de su agudeza, pliegan la zarpa, y sonríen amodorrados. Una oda a los finales felices, a los reencuentros bajo las sábanas, al amanecer tras la batalla. Encantadora.

Green Onions – Tóxica y delirante, Green Onions es un blues achispado que huele a trasnoche y locura. Considerada una de las mejores canciones de todos los tiempos, esta pintura expresionista de instrumentos jocundos fue grabada por primera vez en 1962 por Booker T. and the M. G.'s. Pizpireta y liviana, la melodía envuelve la escena más afable del film, un párrafo distinto del abultado libro de los trazos psicológicos del protagonista, y nos presenta la relación entre George y Charley bajo una luz tan voluble como miserable.

Blue Moon – En la prístina voz de Jo Stafford, Blue Moon suena tan dulce, tan elaborada, que el oyente es inmediatamente transportado a otra era, una era de ojos dorados y gargantas en blanco y negro. Con un cuerpo tan dado al sosiego, no es de extrañar que Blue Moon se la excusa perfecta para el desnudo emocional de George, y por extensión, el de la dulcemente amarga Charley.

Swimming – La presencia del mar en esta banda sonora, su sabor onírico y su verdad profética resultan fascinantes. Si en el pasado George se ahogara de pesadumbre y recuerdos, he aquí que parece flotar por entre este enjambre de pianos entusiasmados y alegría en la cuerda, ascendiendo sobre las olas y dejándose arrastrar por su insistencia. La promesa de un futuro dulce y apacible, una letanía de atardeceres calmos. Pies descalzos sobre la arena húmeda y una mirada tibia en la que descansar. Música que enciende el alma.

And Just Like That – Pero toda esperanza titubea ante el quebranto de estos acordes, todo mañana se viste de lágrimas. Una melodía que me roba la respiración, me marchita y atormenta. Las voces lánguidas y funestas del cello devorando la hiriente agudeza en el violín. Una discusión armónica de temblor en la piel y desazón. George frente al abismo de su memoria, la carga absurda de heridas todavía candentes y el hambre del que no recuerda tener hambre. Como un vals a los que se perdieron en la niebla, al amor que flaquea junto a la ventana y se derrama por los quicios y las ranuras. Insoportable en su belleza. Excelsa en su dolor. Una oda a las mejillas que escuecen de puro llanto.

George Waltz II – Umebayashi y su pincel de trazo calmo, deleitándose en los grises apocados previos al amanecer. Un monte que se precipita al vacío de su agudeza a cámara lenta, las olas colapsándose contra la muela del acantilado castigadas a la eternidad. Un crimen diario. El vals de los desdichados y los ruines, tan efímero, tan flemático y tardo. Las escenas exiguas que el compositor japonés entrelaza a golpe de violín se dilatan y esfuman con una frialdad que arrasa la piel. La espera de gesto torvo y cabezas gachas. Un lamento de cuerdas acongajadas.

Sunset – El aleteo punzante y grave del cello, inmisericorde en su rigidez, constante como el graznido de un cuervo impaciente enfrentado a esa languidez tan frágil del violín que amenaza con quebrarse en su propia lástima, elevándose en una apoteosis de desconcierto para morir acurrucado junto a las raíces de su propio miedo. Geroge observándose en el espejo del tiempo a la hora del sol poniente, tan lúcido, tan despierto, y las cuerdas trepando la una sobre la otra hasta alcanzar un cielo plomizo y noctámbulo. Sublime.

Clock – Esta pieza es una variación de “Carlos”, perdida ya toda templanza, toda mesura. El telón comienza su inexpugnable descenso, las velas, trémulas, tartamudean de sombra, el reloj, imperdonable en su desidia, clama y vuelva a clamar. El tiempo se agota, y una profunda urgencia invade la melodía. Con qué crueldad punza Umebayashi el corazón del oyente, agujereándolo con cuerdas tirantísimas, tan estrictas, tan contundentes. El cierre de esta banda sonora es una reflexión sobre lo implacable de nuestra fugacidad, lo efímero de nuestra presencia. Una inmersión a medio pulmón en el océano de la angustia y la prisa. Tic, tac, tic, tac. Es ahora. No hay más. Es ya.

OCASO

La música es insolente en sus virtudes, procaz en la obstinación con la que araña el corazón del oyente sin traba alguna. Entra sin permiso en el alma del espectador, apropiándose de las tierras yermas entre el dolor y la alegría, enarbolando la bandera burda del sentimiento, y reafirmando su autoridad. La música impacta el alma como una bala chocando contra un muro, haciendo añicos toda templanza. La banda sonora de A Single Man es un compendio de melodías que acarician la cuerda última de la sensibilidad humana, la trastocan y la pervierten. Un canto a la melancolía. Un poema al dolor.

Gracias. Un abrazo. :)